
Lo que aprendí caminando hacia Santiago
Hay decisiones que permanecen durante años en una habitación apartada de nuestra conciencia. Sabemos que están allí. De vez en cuando abrimos la puerta, las miramos y nos prometemos que algún día nos ocuparemos de ellas. Después volvemos a cerrarla.
No es el momento, nos decimos.
Falta dinero. Sobra trabajo. Aparece una obligación familiar. La salud no acompaña. Hay otras prioridades. Quizá el próximo año.
Yo había deseado realizar el Camino de Santiago durante mucho tiempo. Cada año encontraba una razón para aplazarlo. Algunas eran importantes y otras, seguramente, simples excusas. La vida siempre posee argumentos suficientes para convencernos de que nuestros deseos pueden esperar.
Hasta que llega un momento en el que uno comprende que no todos pueden seguir esperando.
En el año 2010 decidí emprender el Camino acompañado por dos amigos. Aquel no era un año cualquiera de mi vida. Era mi primer año de sanación después de haber padecido un cáncer. Además, todavía necesitaba muletas como consecuencia de una grandísima operación quirúrgica de columna.
Visto desde fuera, probablemente no parecía el momento más adecuado.
Tal vez lo razonable habría sido aplazarlo de nuevo. Esperar a encontrarme más fuerte. Esperar a no necesitar las muletas. Esperar a tener la certeza de que mi cuerpo respondería. Esperar, una vez más, a que desaparecieran todos los impedimentos.
Pero la vida acababa de enseñarme que la certeza es un lujo que pocas veces se nos concede.
Por eso comencé a caminar.
No lo hice porque me sintiera invencible. Lo hice precisamente porque había conocido mi fragilidad. No emprendí el Camino para demostrar nada a los demás, sino para encontrarme conmigo mismo después de una etapa en la que la enfermedad, los hospitales y las intervenciones médicas habían ocupado demasiado espacio en mi vida.
Necesitaba saber quién era yo después de todo aquello.
Y quizá también necesitaba comprobar que todavía podía avanzar.
El primer camino consiste en decidirse
Antes de recorrer un camino exterior debemos atravesar otro interior.
Ese primer camino comienza en el instante en el que dejamos de decir «algún día» y elegimos una fecha. Mientras nuestros deseos permanecen en el terreno de las intenciones, todo parece posible, pero nada cambia.
Decidirse significa aceptar que nunca encontraremos las circunstancias perfectas.
Siempre faltará algo. Tiempo, dinero, salud, compañía, experiencia o seguridad. Si esperamos a tenerlo todo resuelto, quizá lleguemos al final de nuestros días rodeados de planes impecables que nunca llegaron a convertirse en vida.
En 2010 yo no tenía las mejores condiciones físicas para caminar. Había pasado por un cáncer y por una operación de columna de una enorme importancia. Las muletas no eran un adorno ni un símbolo. Eran una necesidad real. Cada etapa debía afrontarse con prudencia, esfuerzo y una atención constante a las señales de mi cuerpo.
Pero precisamente por eso aquella decisión adquirió un significado especial.
No estaba esperando a recuperar la vida para hacer el Camino. El Camino formaba parte de mi manera de recuperarla.
A veces creemos que primero debemos sanar completamente y después volver a vivir. Sin embargo, en determinadas ocasiones comenzamos a sanar cuando nos permitimos vivir de nuevo.
No se trata de ignorar los límites ni de actuar temerariamente. La valentía no consiste en negar la realidad. Consiste en reconocer nuestras dificultades y avanzar con ellas.
Yo no comencé el Camino dejando atrás mis limitaciones. Las llevé conmigo.
También ellas formaban parte de mi equipaje.
Cada persona debe caminar a su propio paso
En el Camino de Santiago uno aprende pronto que no todos avanzamos de la misma manera.
Hay peregrinos rápidos, capaces de recorrer largas distancias con aparente facilidad. Otros caminan despacio, se detienen con frecuencia o necesitan más tiempo para llegar al final de la etapa. Algunos parecen haber nacido con una mochila a la espalda. Otros descubren desde el primer día que han cargado demasiado.
Mi cuerpo me imponía un ritmo.
Las muletas marcaban cada paso. No podía olvidar la operación de columna ni comportarme como si nada hubiera ocurrido. Tenía que escucharme. Había momentos en los que el deseo de continuar era más fuerte que mis posibilidades y debía aprender a distinguir entre el esfuerzo necesario y la imprudencia.
Esa lección no sirve únicamente para una ruta de peregrinación.
También en la vida nos dañamos cuando intentamos caminar al ritmo de los demás.
Nos comparamos con quien ha alcanzado antes el éxito, con quien posee más recursos, con quien parece encontrarse mejor o con quien ha superado sus dificultades en menos tiempo. Entonces interpretamos nuestra lentitud como un fracaso.
Pero cada persona lleva una mochila distinta.
No conocemos por completo el peso que soporta quien camina a nuestro lado. Tampoco los demás conocen todas nuestras heridas. Por eso las comparaciones suelen ser injustas.
Avanzar lentamente también es avanzar.
Durante aquel Camino comprendí que mi meta no consistía en demostrar que podía caminar igual que antes de la enfermedad y de la operación. Mi verdadero aprendizaje era aceptar al hombre que era en ese momento.
Un hombre que necesitaba muletas.
Un hombre que había conocido el miedo.
Un hombre que estaba sanando.
Un hombre que, pese a todo, seguía avanzando.
Encontrar nuestro camino exige dejar de despreciar nuestro propio ritmo. Hay momentos para caminar deprisa y otros para detenerse. Hay etapas en las que podemos ayudar a los demás y etapas en las que necesitamos aceptar su ayuda.
No somos menos dignos por necesitar apoyo.
A veces una muleta es un objeto. Otras veces es una persona, una palabra, una fe, una amistad o una esperanza. Todos hemos necesitado alguna vez algo en lo que apoyarnos para dar el siguiente paso.
La compañía no elimina el esfuerzo, pero cambia el viaje
Realicé aquel Camino con dos amigos.
La presencia de otras personas no hace desaparecer el cansancio. Cada uno debe soportar el peso de su cuerpo, sus dolores y sus pensamientos. Nadie puede caminar todos nuestros pasos por nosotros.
Sin embargo, la compañía transforma el modo en que vivimos la dificultad.
Caminar juntos significa aprender a adaptar los ritmos, esperar, conversar y guardar silencio. También supone convivir con el cansancio del otro y permitir que los demás convivan con el nuestro.
En circunstancias normales es fácil mostrarnos amables. Resulta más difícil cuando duelen los pies, el cuerpo está agotado, el camino parece no terminar y todavía queda distancia hasta el lugar de descanso.
La convivencia revela mucho de nosotros.
En el Camino aparecen la generosidad y la impaciencia, el humor y el mal carácter, la fortaleza y la vulnerabilidad. No somos siempre la versión serena y comprensiva que nos gusta presentar. El cansancio retira algunas máscaras.
Pero también crea una intimidad especial.
Dos amigos que caminan junto a nosotros no son únicamente compañeros de viaje. Se convierten en testigos de nuestros esfuerzos. Ven cuándo necesitamos detenernos, cuándo fingimos encontrarnos mejor de lo que estamos y cuándo una palabra de ánimo puede evitar que nos rindamos.
La amistad no consiste siempre en ofrecer grandes discursos.
A veces es esperar unos metros más adelante.
Caminar un poco más despacio.
Ayudar con la mochila.
Compartir el agua.
No hacer demasiadas preguntas cuando el otro necesita silencio.
Y también saber bromear en el momento adecuado para que el cansancio no se apodere por completo del día.
En la vida sucede algo parecido. Cada persona debe encontrar su camino, pero no necesita recorrerlo en soledad.
Hay decisiones que únicamente podemos tomar nosotros, aunque la presencia de alguien cercano consiga que resulten menos dolorosas.
Encontrar nuestro camino no significa rechazar la ayuda, sino elegir bien a quienes permitimos caminar a nuestro lado.
Los desconocidos que dejan de serlo
Uno de los grandes regalos del Camino son los encuentrosPersonas que probablemente nunca habríamos conocido aparecen durante unas horas o unos días y terminan dejando una huella. Proceden de lugares distintos, poseen edades, historias y motivos diferentes, pero comparten una misma dirección.
En la vida cotidiana solemos relacionarnos dentro de círculos relativamente cerrados. Familia, trabajo, amistades y vecinos. Sabemos quién es cada uno, a qué se dedica y qué lugar ocupa.
En el Camino esas categorías pierden importancia.
Uno puede encontrarse conversando con una persona de otro país, otra profesión, otra edad o unas creencias completamente distintas. Lo importante no es lo que posee ni el cargo que desempeña. Importa que está caminando, que también se cansa y que, como nosotros, busca algo.
Algunos peregrinos realizan el Camino por fe. Otros por una promesa, por curiosidad, por deporte, por una pérdida, por una ruptura o por la necesidad de apartarse temporalmente de su vida habitual.
Hay quienes saben perfectamente qué buscan. Otros solo saben que necesitaban ponerse en marcha.
Quizá yo pertenecía un poco a ambos grupos.
Quería cumplir aquel deseo aplazado y conocerme mejor. Pero no sabía exactamente qué iba a encontrar. Después de una enfermedad grave, las preguntas cambian. Uno deja de interrogarse únicamente sobre lo que quiere conseguir y comienza a preguntarse qué merece realmente el tiempo que le queda.
Los encuentros con otros peregrinos me recordaron que todos llevamos una historia que no se ve.
Detrás de cada rostro puede existir una pérdida, un miedo, una esperanza o una batalla. Algunas personas cuentan sus motivos con facilidad. Otras los guardan. Pero el Camino crea una forma de respeto silencioso.
No necesitamos conocer toda la vida de alguien para ofrecerle una palabra amable.
Tampoco es preciso compartir su manera de pensar para reconocer su humanidad.
En ocasiones, una conversación breve con un desconocido nos ayuda a comprender algo que las personas cercanas no habían sabido mostrarnos. Quizá porque ese desconocido no posee una imagen previa de nosotros. Nos escucha sin esperar que seamos el hombre o la mujer que siempre hemos sido.
Durante unos kilómetros podemos hablar desde un lugar más sincero.
Después los caminos se separan.
Unos caminan más deprisa, otros descansan en otro lugar y algunos desaparecen en una bifurcación. Tal vez nunca volvamos a encontrarlos. Sin embargo, permanecen en nuestra memoria como una frase, un gesto o una presencia.
La vida también está llena de esos compañeros temporales.
No todas las personas llegan para quedarse. Algunas solo nos acompañan durante una etapa. Eso no convierte el encuentro en algo menos valioso.
La mochila siempre pesa más al principio
Todo peregrino aprende la importancia de seleccionar lo que lleva.
Antes de comenzar, cada objeto parece necesario. Una prenda más, otro utensilio, algo que podría venir bien. Pero después de varias horas de camino, cada peso innecesario comienza a hacerse notar.
Entonces comprendemos que no cargamos únicamente aquello que utilizamos. También soportamos lo que tememos necesitar.
Esta es una de las metáforas más claras del Camino.
En nuestra vida acumulamos objetos, obligaciones, resentimientos, expectativas, culpas y preocupaciones. Nos acostumbramos tanto a llevarlos que dejamos de preguntarnos si todavía son necesarios.
Algunas cargas pertenecen al pasado.
Una ofensa que seguimos recordando.
Una decisión por la que continuamos castigándonos.
Una imagen de nosotros mismos que ya no corresponde a quienes somos.
Una relación terminada.
Un fracaso que hemos convertido en identidad.
También cargamos con el miedo al futuro. Imaginamos problemas que aún no existen y los transportamos como si ya fueran reales.
Yo llegaba al Camino después de haber vivido una enfermedad y una operación de columna. Era imposible no llevar conmigo el recuerdo de aquellos acontecimientos. Habían cambiado mi cuerpo y mi manera de mirar la vida.
Pero una cosa es recordar y otra permanecer prisionero.
Necesitaba aprender que yo no era solamente el hombre que había padecido un cáncer. Tampoco únicamente un paciente, un operado o una persona que caminaba con muletas.
Todo eso formaba parte de mi historia, pero no constituía toda mi identidad.
Cada paso me alejaba un poco de la habitación del enfermo y me devolvía al mundo.
El pasado no desaparecía. Simplemente dejaba de ocuparlo todo.
Encontrar nuestro camino exige revisar la mochila. No podemos abandonar todas las cargas, porque algunas responsabilidades deben acompañarnos. Pero sí podemos desprendernos de pesos que ya no cumplen ninguna función.
No todo lo que hemos llevado durante años merece continuar con nosotros.
Perderse también forma parte del camino
El Camino está señalado por flechas y símbolos. Sin embargo, incluso con indicaciones, pueden surgir dudas.
Aparece una bifurcación. No vemos la marca. Nos preguntamos si hemos tomado la dirección correcta. En ocasiones debemos retroceder.
En la vida no disponemos de flechas amarillas.
Elegimos estudios, trabajos, relaciones, proyectos y lugares sin saber con certeza adónde nos conducirán. Algunas decisiones resultan acertadas. Otras nos obligan a corregir el rumbo.
Nos han enseñado a considerar el error como una derrota, cuando muchas veces es una forma de orientación.
Saber que una dirección no era la adecuada también es un conocimiento.
Perderse no significa que todo el camino anterior haya sido inútil. Quizá necesitábamos recorrerlo para comprender algo sobre nosotros mismos.
Hay personas que descubren su verdadera vocación después de abandonar otra. Hay quienes encuentran una relación sana tras haber sufrido una relación equivocada. Otros aprenden a valorar la salud después de perderla durante un tiempo.
No debemos romantizar el sufrimiento. Hay dolores que habríamos preferido evitar y experiencias que no eran necesarias. Pero, una vez ocurridas, podemos decidir si se convierten únicamente en heridas o también en aprendizaje.
Yo no elegí el cáncer ni la operación de columna.
Sí pude elegir, en cambio, qué hacer después.
No tenía control sobre todo lo que había sucedido, pero aún conservaba la capacidad de dar una dirección a mis pasos.
Ese margen de libertad, aunque sea pequeño, puede cambiar una vida.
Las dificultades no siempre indican que vamos mal
A menudo interpretamos cualquier dificultad como una señal de que hemos elegido el camino equivocado.
Pensamos que, si una relación exige esfuerzo, no debe ser la adecuada. Que, si un proyecto tarda en dar resultados, carece de sentido. Que, si sentimos miedo, significa que no estamos preparados.
Pero en un camino verdadero hay cansancio.
Las pendientes no demuestran necesariamente que nos hayamos perdido. A veces son parte de la ruta.
Durante mi peregrinación hubo dificultades físicas evidentes. El cansancio no podía separarse de mi estado de salud ni de las consecuencias de la operación. Las muletas hacían visible un esfuerzo que otros realizaban de manera distinta.
Cada etapa implicaba negociar con mi cuerpo.
Había que continuar, pero también saber parar.
La voluntad puede llevarnos lejos, aunque no debe convertirse en una tiranía contra nosotros mismos.
En ocasiones, el acto más valiente no consiste en seguir avanzando, sino en reconocer que necesitamos descansar. La pausa no es siempre un abandono. Puede ser la manera más inteligente de garantizar que mañana podamos continuar.
La vida nos enfrenta a dificultades que no se resuelven únicamente con frases de ánimo. Hay situaciones en las que se necesita ayuda profesional, tratamiento, tiempo, recursos y compañía.
No todo depende de nuestra actitud.
Pero nuestra actitud sí participa en la manera en que atravesamos lo inevitable.
Yo no podía decidir que mi columna dejara de doler o que mi cuerpo olvidara de inmediato todo lo sufrido. Podía, sin embargo, escucharme, cuidarme y no permitir que el miedo decidiera por completo mi futuro.
El camino no me pidió que fuera el más rápido ni el más fuerte.
Solo me pidió el siguiente paso.
Llegar a Santiago
Todo peregrino imagina la llegada.
Durante las etapas difíciles pensamos en Santiago. La meta nos ayuda a soportar el cansancio. Nos repetimos que cada kilómetro nos acerca un poco más.
Pero la llegada posee una emoción difícil de explicar.
No es únicamente la satisfacción de haber alcanzado un lugar. Es la reunión de todo lo vivido: el primer paso, los dolores, las conversaciones, los silencios, las dudas, las risas, los encuentros y las veces en que pensamos que quizá no podríamos continuar.
En mi caso, llegar a Santiago significaba mucho más que completar una ruta.
Era la confirmación de que aquel deseo aplazado había dejado de pertenecer al futuro.
Lo había realizado.
Yo, que venía de un cáncer.
Yo, que había pasado por una grandísima operación de columna.
Yo, que todavía caminaba con muletas.
Había llegado.
No porque las dificultades hubieran desaparecido, sino porque había avanzado con ellas.
Imagino que en aquel momento sentí alegría, alivio, gratitud y una emoción compartida con mis amigos difícil de ordenar. La llegada nos hace mirar hacia atrás y comprender que el camino recorrido ya forma parte de nosotros.
Sin embargo, Santiago tampoco es el final.
Después hay que regresar a casa. Volver a las obligaciones, a los problemas, a las rutinas y a la vida de siempre.
Esa es quizá la prueba más importante.
Un viaje puede emocionarnos durante unos días. Pero su verdadero valor aparece cuando algo de lo aprendido permanece en nuestra vida cotidiana.
No basta con llegar a una plaza. Debemos preguntarnos qué hombre o qué mujer regresa de ella.
Con frecuencia decimos que alguien ha encontrado su camino cuando parece tener clara su vocación, sus objetivos y su lugar en el mundo.
Pero pocas personas poseen esa seguridad durante toda la vida.
Nuestro camino cambia.
Lo que tenía sentido a los veinte años puede perderlo a los cincuenta. Una enfermedad, una pérdida, el nacimiento de un hijo o una nueva oportunidad pueden obligarnos a revisar nuestras prioridades.
Encontrar nuestro camino no significa disponer de un mapa completo.
Significa reconocer la dirección del siguiente paso.
A veces nuestro camino es cuidar de alguien. Otras veces, reconstruirnos. Puede consistir en comenzar unos estudios, abandonar una vida que ya no nos representa, pedir perdón, escribir un libro o aprender a vivir con menos.
No siempre debe ser algo grandioso.
Hay caminos discretos que nunca aparecerán en una fotografía y que, sin embargo, requieren un enorme valor.
Tal vez encontrar nuestro camino consista en vivir de una manera que nos permita reconocernos.
En no pasar los días representando un papel escrito por otros.
En distinguir nuestros deseos verdaderos de las expectativas que la sociedad, la familia o el miedo han colocado sobre nosotros.
El Camino de Santiago me enseñó que la dirección se descubre caminando.
Uno puede estudiar mapas, escuchar consejos y preparar cuidadosamente la mochila. Todo eso es útil. Pero llega un momento en el que es necesario poner un pie delante del otro.
La vida no se comprende únicamente pensando.
También hay que recorrerla.
El camino continúa
Han pasado muchos años desde aquel 2010.El tiempo transforma los recuerdos. Algunos detalles pierden nitidez, pero permanece lo esencial. Recuerdo que fui acompañado por dos amigos. Recuerdo los encuentros con otros peregrinos, las dificultades, las muletas y la emoción de llegar.
Y recuerdo, sobre todo, lo que aquel viaje representaba.
Era mi primer año de sanación del cáncer. Mi cuerpo todavía arrastraba las consecuencias de una gran operación de columna. Había razones para no ir, como las había habido otros años.
Pero aquel año comprendí que también existía una razón para hacerlo: estaba vivo.
No sabía lo que me esperaba.
Nadie lo sabe.
Quizá por eso era importante cumplir aquel deseo mientras podía hacerlo.
Desde entonces he comprendido que nuestro camino no siempre aparece como una revelación. A veces se manifiesta como una inquietud que vuelve cada año, como un deseo que se niega a desaparecer o como una voz interior que nos recuerda que estamos aplazando algo importante.
Conviene escucharla.
No para lanzarnos irresponsablemente a cualquier aventura, sino para preguntarnos qué parte de nuestra vida lleva demasiado tiempo esperando.
Tal vez no podamos recorrer hoy todo el camino.
Quizá solo podamos preparar la mochila, pedir ayuda, fijar una fecha o dar un primer paso con nuestras propias muletas, sean visibles o invisibles.
Es suficiente.
Porque los grandes caminos no comienzan cuando desaparecen todos los obstáculos.
Comienzan cuando decidimos que esos obstáculos ya no tendrán la última palabra.
Yo encontré parte de mi camino caminando hacia Santiago.
Otros lo encontrarán en lugares distintos. En una familia, en una profesión, en la fe, en el servicio a los demás, en el conocimiento, en la naturaleza o en una vida sencilla.
No existe una única ruta.
Pero hay una pregunta que todos deberíamos formularnos alguna vez:
¿Estoy recorriendo el camino que verdaderamente deseo o continúo aplazándolo mientras espero unas condiciones perfectas que quizá nunca llegarán?
En 2010 dejé de aplazarlo.
Caminé con dos amigos, con mis temores, con mi historia, con mis muletas y con una esperanza que todavía estaba aprendiendo a recuperar.
Y llegué a Santiago.
Aunque, pensándolo bien, quizá aquel día no llegué únicamente a una ciudad.
Quizá también regresé a mí mismo.
Manuel Barea


