O, al menos, para caminar con algo más de serenidad por el laberinto
Hay palabras que utilizamos tanto que terminan perdiendo parte de su significado. Una de ellas es felicidad.
Nos preguntan si somos felices como si la respuesta tuviera que ser un sí o un no. Como si la felicidad fuese una habitación en la que se entra para quedarse definitivamente o un premio que recibimos cuando hemos conseguido ordenar todos los asuntos de nuestra vida.
Pero la existencia rara vez está completamente ordenada.
Cuando solucionamos un problema, aparece otro. Cuando alcanzamos una meta, descubrimos una nueva preocupación. Cuando creemos haber comprendido a una persona, esa persona cambia. Y también cambiamos nosotros. La vida no se deja encerrar fácilmente en nuestros planes.
Aristóteles escribió que «la felicidad es un ejercicio del alma conforme a perfecta virtud». Es una idea antigua, pero todavía profundamente actual: la felicidad no sería solamente algo que sentimos, sino también una manera de vivir, de actuar y de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
No podemos exigirnos estar alegres todos los días. Hay momentos de tristeza, cansancio, miedo, enfermedad y pérdida. Fingir que no existen no nos hace más fuertes. La felicidad verdadera no consiste en negar el dolor, sino en impedir que el dolor se convierta en el único dueño de nuestra vida.
Las siguientes cinco reglas no son una fórmula mágica. Tampoco son mandamientos rígidos. Son, sencillamente, cinco orientaciones que pueden ayudarnos a desprendernos de algunas cargas que llevamos durante demasiado tiempo.
No odiar. No preocuparse inútilmente. No compararse. No vivir esperando. No instalarse en la queja.
Cinco reglas sencillas de comprender, pero difíciles de practicar.
1. No odies: nadie merece vivir permanentemente dentro de ti
El odio suele comenzar con una herida.
Alguien nos engañó, nos humilló, nos abandonó o nos trató injustamente. Es natural sentir dolor, enfado e incluso deseos de que esa persona experimente una parte del sufrimiento que nos causó. No somos máquinas capaces de apagar nuestras emociones pulsando un botón.
El problema aparece cuando el enfado deja de ser una reacción temporal y se transforma en una residencia permanente.
Entonces la persona que nos hizo daño comienza a ocupar demasiado espacio en nuestra mente. Recordamos sus palabras, reconstruimos las conversaciones, imaginamos respuestas que no dimos y revivimos una y otra vez el momento de la ofensa.
Creemos que estamos castigando al otro, pero somos nosotros quienes seguimos bebiendo el veneno.
No odiar no significa justificar lo injustificable. Tampoco significa olvidar, renunciar a nuestros derechos o permitir que vuelvan a dañarnos. Podemos reclamar justicia, poner límites y alejarnos de alguien sin convertir el resentimiento en nuestra forma de vivir.
Epicteto aconsejaba recordar, ante quien nos perjudica, que esa persona actúa según aquello que considera correcto, aunque su juicio sea equivocado. Esto no elimina su responsabilidad. Simplemente nos ayuda a comprender que muchas acciones humanas nacen de la ignorancia, el miedo, la soberbia, la frustración o las propias heridas.
Comprender no siempre significa perdonar inmediatamente. El perdón, cuando llega, suele necesitar tiempo. A veces comienza de una manera mucho más humilde: dejando de alimentar diariamente el recuerdo de la ofensa.
Podemos decidir que lo ocurrido no gobernará todo nuestro futuro.
Hay heridas que dejan cicatriz. La cicatriz no desaparece, pero deja de sangrar. Nos recuerda lo vivido, quizá nos vuelve más prudentes, pero ya no condiciona cada uno de nuestros pasos.
El odio nos ata al pasado. La paz, en cambio, nos devuelve al presente.
Perdonar no siempre consiste en abrazar a quien nos hirió. En determinadas ocasiones significa despedirlo interiormente y continuar nuestro camino. Es poder recordar sin volver a incendiarse por dentro. Es recuperar la energía que habíamos entregado a una batalla que ya no podía cambiar lo sucedido.
Nadie merece disponer de una habitación permanente dentro de nuestra conciencia, y mucho menos quien nos hizo daño.
2. No te preocupes: distingue entre pensar y atormentarte
Nos preocupamos porque amamos.
Nos preocupa la salud de nuestros seres queridos, el futuro de nuestros hijos, la estabilidad económica, el trabajo, la vejez, la soledad o la posibilidad de perder aquello que hemos construido con tanto esfuerzo.
La preocupación puede ser útil cuando nos advierte de un peligro y nos impulsa a actuar. Si tenemos un problema económico, conviene revisar las cuentas. Si aparece un síntoma preocupante, debemos consultar al médico. Si una relación se deteriora, puede ser necesario conversar.
Pero hay una gran diferencia entre ocuparse y preocuparse sin descanso.
Ocuparse conduce a una acción. Preocuparse de manera obsesiva nos encierra en un círculo.
La mente comienza a fabricar posibilidades: «¿Y si ocurre esto? ¿Y si todo sale mal? ¿Y si no soy capaz?». Un temor llama a otro hasta que terminamos sufriendo por acontecimientos que todavía no han sucedido y que probablemente nunca sucederán.
Epicteto lo resumió con una frase que conserva toda su fuerza: «No son las cosas las que atormentan a los hombres, sino las opiniones que se tienen de ellas».
No significa que los problemas sean imaginarios. Una enfermedad es real, una pérdida económica es real y una ausencia también lo es. Lo que señala el filósofo es que al hecho objetivo añadimos interpretaciones, anticipaciones y temores que multiplican el sufrimiento.
Podemos preguntarnos: ¿hay algo que pueda hacer hoy?
Si la respuesta es afirmativa, hagámoslo, aunque solo sea dar un primer paso. Una llamada, una consulta, una conversación, una decisión aplazada o una búsqueda de ayuda.
Cuando no podemos hacer nada, seguir dando vueltas al mismo pensamiento no mejora la situación. Solo nos roba el día presente.
Séneca escribió: «El tiempo que tenemos no es corto; pero perdiendo mucho de él, hacemos que lo sea». Una parte importante de ese tiempo se nos escapa preocupándonos por mañanas que no han llegado.
La serenidad no consiste en creer que nada malo puede suceder. Consiste en confiar en que, cuando llegue una dificultad, trataremos de responder con los recursos que tengamos.
Ya hemos superado otros momentos difíciles. Algunos nos parecieron insoportables antes de vivirlos y, sin embargo, aquí seguimos.
No conocemos el futuro. Esa incertidumbre puede asustarnos, pero también significa que las cosas buenas que aún han de sucedernos tampoco están escritas.
3. No te compares: tu vida no necesita parecerse a otra
La comparación forma parte de nuestra naturaleza.
Desde niños observamos quién corre más, quién obtiene mejores notas, quién es más popular o quién recibe mayor reconocimiento. Al llegar a la edad adulta, cambian los objetos, pero continúa la comparación: el trabajo, el dinero, la vivienda, la apariencia, los viajes, la familia, los éxitos de los hijos o la posición social.
Las redes sociales han convertido esa antigua tendencia en un ejercicio casi permanente.
Cada día contemplamos una sucesión de vidas aparentemente felices: cuerpos perfectos, parejas sonrientes, comidas extraordinarias, casas luminosas, viajes lejanos y éxitos profesionales. Sin embargo, no solemos ver la discusión anterior a la fotografía, la preocupación que quedó fuera del encuadre ni el silencio que llegó después.
Comparamos nuestra vida completa con los momentos cuidadosamente seleccionados de los demás.
Y siempre perdemos.
Siempre encontraremos a alguien más joven, más atractivo, más rico, más culto, más reconocido o aparentemente más feliz. Si nuestra autoestima depende de superar a los demás, nunca podremos descansar.
Epicteto rechazaba el razonamiento que identifica tener más riquezas o mayor elocuencia con ser mejor persona. Tener más no significa necesariamente ser más.
Cada ser humano parte de circunstancias distintas. No todos han recibido las mismas oportunidades, ni han padecido las mismas dificultades. Hay personas cuyo mayor logro ha sido levantar una empresa y otras cuyo triunfo silencioso consiste en levantarse de la cama después de una pérdida.
No podemos medir ambas vidas con la misma regla.
Compararnos puede ser útil cuando otra persona nos inspira. Podemos aprender de su disciplina, admirar su generosidad o dejarnos estimular por su ejemplo. El problema comienza cuando su éxito se convierte en una acusación contra nosotros.
La comparación más justa es la que mantenemos con la persona que fuimos.
¿Somos algo más pacientes que hace unos años? ¿Hemos aprendido a pedir perdón? ¿Sabemos distinguir mejor lo importante de lo accesorio? ¿Nos dejamos arrastrar menos por la opinión ajena?
Esos avances rara vez reciben aplausos, pero construyen una vida.
También debemos reconocer nuestros pequeños logros: haber cuidado de alguien, conservar una amistad, superar una enfermedad, sostener a una familia, aprender algo nuevo o empezar de nuevo cuando creíamos que ya era demasiado tarde.
Tu vida no tiene que parecerse a la de nadie para poseer valor.
En el laberinto, cada persona encuentra muros diferentes. Algunos recorren pasillos más cortos; otros deben retroceder muchas veces. Lo importante no es llegar antes que los demás, sino no perderse a uno mismo intentando seguir sus pasos.
4. No esperes nada: cambia la exigencia por gratitud
Esperar forma parte de la condición humana.
Esperamos que nuestros esfuerzos produzcan resultados, que quienes reciben nuestra ayuda sean agradecidos, que nuestros hijos sigan determinados consejos y que las personas a las que amamos nos correspondan.
No hay nada malo en tener deseos, proyectos o ilusiones. Una vida sin esperanza sería una vida inmóvil.
La dificultad comienza cuando nuestros deseos se convierten en contratos que los demás desconocen.
Hacemos algo por alguien y esperamos una respuesta concreta. Entregamos afecto y esperamos recibirlo de la misma forma. Imaginamos cómo deben comportarse nuestros hijos, nuestra pareja o nuestros amigos. Después nos decepcionamos cuando esas personas, ejerciendo su libertad, actúan de otra manera.
Muchas veces no sufrimos únicamente por lo que ha sucedido, sino por la distancia entre la realidad y la escena que habíamos preparado en nuestra cabeza.
Epicteto dejó escrito: «Nunca pidas que las cosas se hagan como quieres». No proponía la resignación pasiva, sino una relación más sensata con aquello que no podemos controlar.
No esperar nada no debe interpretarse literalmente. Significa no vivir exigiendo que el mundo se adapte a nuestros deseos. Significa hacer el bien porque creemos en él y no solamente para recibir reconocimiento.
Podemos ayudar sin llevar una contabilidad secreta de favores. Podemos amar sin convertir nuestro afecto en una deuda. Podemos trabajar con ilusión sabiendo que el resultado no depende enteramente de nosotros.
También podemos expresar nuestras necesidades. Aceptar la libertad ajena no significa permanecer en silencio. Es legítimo decir que necesitamos atención, respeto o reciprocidad. Pero después debemos comprender que no controlamos la respuesta.
Cuando reducimos las exigencias, crece la gratitud.
Una llamada deja de ser una obligación y se convierte en un gesto. Una visita no es algo que se nos debe, sino una alegría. Una conversación, una comida compartida o una tarde tranquila recuperan su valor.
La gratitud no exige que nuestra vida sea perfecta. Solo nos pide que no dejemos de mirar aquello que sí existe mientras lamentamos lo que falta.
Quizá no tengamos todo lo que deseamos. Pero seguramente hay una persona, un recuerdo, un lugar, una capacidad o un nuevo amanecer que todavía merecen nuestro agradecimiento.
5. No te quejes: convierte el malestar en una pregunta
Todos necesitamos quejarnos alguna vez.
Hay días agotadores, personas difíciles, injusticias evidentes y dolores que necesitan ser expresados. Contar lo que nos ocurre puede ayudarnos a ordenar los pensamientos y sentirnos acompañados.
La queja se vuelve peligrosa cuando deja de ser un desahogo y se transforma en una identidad.
Entonces todo parece insuficiente. Nos quejamos del tiempo, del trabajo, del Gobierno, de la familia, de los jóvenes, de los mayores, de lo que cambia y de lo que nunca cambia. Incluso ante una buena noticia encontramos rápidamente el defecto.
La queja permanente educa la mirada para descubrir siempre lo peor.
No resuelve el problema, pero nos proporciona una breve sensación de razón: nosotros somos quienes vemos lo mal que está todo. El precio es elevado, porque terminamos convencidos de que nada depende de nosotros.
Ante una situación desagradable podemos plantearnos tres preguntas:
¿Puedo cambiarla? ¿Puedo alejarme? ¿Puedo aprender a convivir con ella de otro modo?
Si podemos cambiarla, conviene actuar. Si no podemos transformarla por completo, quizá podamos modificar una parte. Y si la situación es perjudicial o injusta, tendremos que pedir ayuda, denunciarla o alejarnos.
No todo sufrimiento contiene una lección maravillosa. Hay desgracias que no necesitaban suceder e injusticias que nunca deben justificarse. Pensar positivamente no significa decorar el dolor con frases bonitas.
Significa no renunciar a nuestra capacidad de respuesta.
Marco Aurelio recomendaba no quejarse de la fortuna ni culpar continuamente a la providencia por los acontecimientos exteriores. Su propuesta no era cruzarse de brazos, sino conservar la responsabilidad sobre la propia conducta.
No siempre somos culpables de lo que nos ocurre. Pero, pasado el primer impacto, sí podemos participar en la decisión sobre lo que haremos después.
La pregunta «¿por qué me ha pasado esto?» es comprensible. Sin embargo, llega un momento en que necesitamos añadir otra: «¿Qué puedo hacer ahora con lo que me ha pasado?»
Tal vez la respuesta sea pequeña: pedir ayuda, descansar, poner un límite, aprender una habilidad, abandonar una relación dañina o dejar de aplazar una decisión.
Una acción pequeña vale más que cien quejas repetidas.
La felicidad no está al final del laberinto
Estas cinco reglas no impedirán que volvamos a sentir rencor, preocupación, envidia, decepción o cansancio. Somos humanos. Tropezaremos muchas veces con las mismas piedras y recorreremos de nuevo pasillos que creíamos haber dejado atrás.
Lo importante no es cumplir estas reglas perfectamente, sino recordarlas cuando nos descubramos atrapados.
No odiar nos libera del pasado.
No preocuparnos inútilmente nos devuelve al presente.
No compararnos nos permite reconocer nuestro propio valor.
No vivir esperando nos enseña a agradecer.
No instalarnos en la queja nos anima a actuar.
Quizá la felicidad no sea una gran revelación. Tal vez esté formada por decisiones pequeñas y casi invisibles: callar una palabra hiriente, dejar de alimentar un resentimiento, apagar el teléfono, agradecer una visita, alegrarnos sinceramente por el éxito de alguien o resolver hoy una parte del problema que nos preocupa.
Ser feliz no significa vivir sin dificultades. Significa no entregarles a las dificultades todo el espacio de nuestra vida.
No significa sonreír cuando necesitamos llorar, sino recordar que después del llanto todavía puede existir un camino.
La felicidad es un viaje, no un destino. No espera al final del laberinto con los brazos cruzados. Nos acompaña en determinados momentos del recorrido: cuando aceptamos que no controlamos todos los caminos, cuando dejamos de mirar constantemente el avance de los demás y cuando comprendemos que también podemos descansar mientras buscamos la salida.
No odies, aunque tengas que alejarte.
No te preocupes, aunque debas ocuparte.
No te compares, aunque quieras mejorar.
No esperes recompensas, aunque conserves la esperanza.
No te quejes eternamente, aunque tengas derecho a expresar tu dolor.
Ama. Actúa. Valórate. Agradece. Transforma.
Y mientras encuentras tu camino, no olvides vivir.
Manuel Barea
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