¿QUÉ SIGNIFICA VIVIR BIEN?



Muchas personas dicen:

—A mí me gusta vivir bien.

Y yo me pregunto: ¿a quién no?

Sin embargo, cuando hablamos de vivir bien, no todos estamos pensando en lo mismo. Para algunos significa tener una casa grande, un coche de alta gama, viajar con frecuencia, comer en restaurantes caros o disponer de suficiente dinero para no mirar los precios. Para otros, vivir bien consiste en gozar de reconocimiento, tener una posición importante o conseguir que los demás admiren su forma de vida.

Nada de eso es necesariamente malo. El problema aparece cuando confundimos el bienestar con el lujo, la felicidad con la apariencia y el valor de las cosas con su precio.

Tal vez nos hayan enseñado a pensar que vivir bien consiste en poseer mucho, cuando quizá vivir bien sea, sencillamente, necesitar poco.

Yo he ido entendiendo esta diferencia con los años. No mediante grandes teorías, sino viviendo. Observando. Pasando por momentos buenos y por otros no tan buenos. Perdiendo algunas cosas, recuperando otras y descubriendo que la vida, cuando se desnuda de lo innecesario, puede seguir siendo profundamente hermosa.

Hoy vivo en el campo. Y precisamente aquí, rodeado de naturaleza, he aprendido que la paz no siempre se encuentra donde más cosas existen, sino donde menos ruido hay.

No me refiero solamente al ruido de los coches, las calles o las máquinas. Hablo también del ruido de los hombres: las prisas, las discusiones, las rivalidades, las apariencias, la necesidad de destacar, la comparación permanente y esa ansiedad por llegar a un lugar que casi nunca sabemos cuál es.

En el campo, el tiempo parece recuperar su verdadero ritmo.

Amanece sin pedir permiso. Los árboles cambian con las estaciones. Los pájaros comienzan a cantar sin esperar que nadie los escuche. El viento mueve las ramas, la lluvia cae sobre la tierra y la luz transforma el paisaje a lo largo del día.

Todo sucede con una naturalidad que asombra.

La naturaleza no se precipita y, sin embargo, todo lo cumple.


Escuchar el silencio

Cuando centro mi atención en el silencio de la obra de Dios, llego a escucharle dentro de mí.

No siempre lo encuentro en las grandes palabras ni en los discursos solemnes. A veces lo percibo en el campo cuando comienza la mañana, en una nube que cambia de forma, en el sonido de un animal a lo lejos o en la quietud que queda cuando termina el día.

Hay silencios que no están vacíos.

En ellos existe una presencia difícil de explicar. Algo que no necesita manifestarse con estruendo para ser verdadero. Algo que nos recuerda que la vida es mucho más grande que nuestras preocupaciones y que nosotros somos, al mismo tiempo, muy pequeños y profundamente valiosos.

La sociedad actual parece tener miedo al silencio. Necesitamos llenar cada instante con voces, imágenes, mensajes, música o noticias. Si estamos solos, encendemos el televisor. Si caminamos, miramos el teléfono. Si esperamos unos minutos, buscamos inmediatamente alguna distracción.

Parece que no sabemos estar sin recibir estímulos.

Quizá tememos que, al desaparecer el ruido, aparezca nuestra propia voz. Y escucharla puede resultar incómodo, porque nos obliga a preguntarnos si la vida que llevamos se parece realmente a la vida que deseamos.

El silencio del campo me permite hacerme esas preguntas.

Aquí puedo escuchar mis pensamientos sin que otros los interrumpan. Puedo distinguir mejor qué preocupaciones son reales y cuáles han sido fabricadas por el ambiente, por la comparación o por expectativas que ni siquiera me pertenecen.

Cuando uno se aleja del ruido, descubre que muchas necesidades no eran tales. Eran deseos inducidos. Cosas que parecía imprescindible conseguir porque otros las tenían, porque alguien las anunciaba o porque se suponía que representaban el éxito.

Pero la vida no se mide por lo que podemos enseñar a los demás.

La vida se mide, quizá, por la serenidad con la que somos capaces de quedarnos a solas con nosotros mismos.


Vivir en el campo

No quiero idealizar la vida en el campo. El campo también exige esfuerzo. Hay días de frío, calor, barro, insectos, tareas que no pueden aplazarse y pequeños inconvenientes que en la ciudad se resuelven con mayor facilidad.

Pero a cambio ofrece algo que para mí tiene un enorme valor: una relación más directa con la realidad.

Aquí las estaciones no son una fecha escrita en el calendario. Se ven, se sienten y se huelen. El otoño está en las hojas que caen. El invierno se nota en la quietud de los campos. La primavera aparece en cada brote y el verano llega con una luz que parece detener las horas.

Vivir rodeado de naturaleza me ayuda a recordar que formo parte de ella.

El ser humano moderno se comporta a veces como si estuviera por encima del mundo natural, como si la tierra, los animales, el agua y los árboles fueran simples recursos puestos a su disposición. Sin embargo, basta permanecer un rato en el campo para comprender que dependemos de un equilibrio que no hemos creado nosotros.

No somos los dueños absolutos de la vida.

Somos huéspedes.

Y quizá vivir bien también consista en aprender a comportarnos como huéspedes agradecidos: disfrutando de lo que se nos ofrece, cuidándolo y procurando no destruirlo.

En el campo he encontrado paz, serenidad y una cierta armonía que no depende de que todo salga bien. Hay problemas, naturalmente. Hay preocupaciones y días en los que el ánimo pesa. La serenidad no consiste en vivir sin dificultades, sino en disponer de un lugar interior desde el que poder afrontarlas.

La naturaleza ayuda a recuperar esa perspectiva.

Cuando contemplo un árbol viejo pienso en todo lo que habrá resistido. Vientos, sequías, inviernos, ramas rotas. Y, sin embargo, continúa allí. No se lamenta por las hojas que perdió. Cuando llega la primavera, vuelve a brotar.

Tal vez nosotros también deberíamos aprender de los árboles.

Leer para conversar con otras vidas

Una parte importante de mi vida en el campo transcurre entre libros.

Leer no es para mí una forma de huir de la realidad, sino de profundizar en ella. Cada libro abre una ventana hacia otras épocas, otros pensamientos y otras formas de entender la existencia.

Cuando leo, mantengo conversaciones silenciosas con personas a las que nunca he conocido. Algunas vivieron hace siglos. Otras habitaron lugares que probablemente nunca visitaré. Sin embargo, sus dudas, sus dolores, sus esperanzas y sus preguntas llegan hasta mí.

Los buenos libros nos hacen sentir acompañados.

Nos recuerdan que muchas de las cuestiones que nos preocupan no comenzaron con nosotros. Antes de nuestro nacimiento, otros seres humanos ya se preguntaron qué era la justicia, cómo debía afrontarse la muerte, en qué consistía la felicidad, qué significaba amar o cuál era el sentido de la vida.

Leer no proporciona siempre respuestas. En ocasiones hace algo mejor: nos enseña a formular preguntas más profundas.

También nos vuelve más humildes. Cuanto más leemos, más conscientes somos de todo lo que ignoramos. La persona verdaderamente sabia no es la que presume de conocerlo todo, sino la que ha comprendido la inmensidad de lo que desconoce.

En los libros encuentro palabras que me ayudan a ordenar pensamientos que estaban dentro de mí, pero que yo todavía no sabía expresar. A veces leo una frase y siento que alguien ha conseguido decir aquello que yo llevaba mucho tiempo pensando.

Ese momento es una forma de encuentro.

Pero la sabiduría no está únicamente en los libros.

La sabiduría de quienes no aprendieron a leer

A lo largo de mi vida he conocido a personas que no sabían leer ni escribir y que, sin embargo, poseían una inteligencia profunda sobre la vida.

Personas humildes, sin títulos ni estudios, que sabían distinguir lo importante de lo accesorio. Personas que quizá no habían abierto un tratado de filosofía, pero conocían el valor de la palabra dada, del esfuerzo, de la lealtad y de la familia.

Algunas de ellas sabían mirar el cielo y anticipar la lluvia. Conocían la tierra, los animales y las estaciones. Sabían cuándo había que esperar y cuándo era necesario actuar. Habían aprendido que ciertas cosas no pueden acelerarse y que la vida exige paciencia.

No utilizaban palabras complicadas, pero podían resumir una experiencia entera en una frase.

He encontrado en ellas una sabiduría que no procede de las bibliotecas, sino de haber vivido con atención. Una sabiduría nacida del trabajo, de las pérdidas, de la necesidad, de los errores, de la observación y del trato con otras personas.

No sabían leer libros, pero sabían leer la vida.

Y esa lectura tiene también un valor inmenso.

La cultura académica es importante. La educación abre puertas, proporciona herramientas y nos permite comprender mejor el mundo. Pero cometeríamos un grave error si pensáramos que solo es sabio quien acumula conocimientos o títulos.

Hay personas muy instruidas que no saben escuchar.

Personas capaces de hablar sobre grandes ideas, pero incapaces de tratar con bondad a quien tienen delante.

Y hay personas sin estudios que poseen una delicadeza, una sensatez y una dignidad que ninguna universidad podría garantizar.

A mí me gusta escucharlas.

Me gusta hablar con quienes han vivido cerca de la tierra, con quienes han trabajado desde pequeños, con quienes han conocido tiempos difíciles y, a pesar de ello, no han perdido el buen humor ni la generosidad.

Sus palabras suelen estar libres de artificio. No hablan para impresionar. Hablan desde lo vivido.

He aprendido que la sabiduría puede encontrarse en un libro antiguo, pero también junto a una lumbre, en una conversación sencilla o en el consejo de una persona que nunca tuvo ocasión de asistir a una escuela.

Para aprender de alguien, primero hay que respetarlo.

Y para escuchar verdaderamente, debemos dejar a un lado la soberbia de creer que ya lo sabemos todo.

Pintar para aprender a mirar

También dedico parte de mi tiempo a pintar.


La pintura me obliga a detenerme.

Cuando uno intenta trasladar un paisaje al lienzo descubre que mirar no es lo mismo que ver. Podemos pasar todos los días junto a un árbol sin haber observado realmente la forma de sus ramas, los tonos de su corteza o la manera en que la luz se posa sobre sus hojas.

Pintar es una educación de la mirada.

Me enseña que un mismo paisaje nunca es exactamente el mismo. Cambia con la hora, con la luz, con las nubes y también con mi estado de ánimo. Lo que ayer parecía luminoso, hoy puede parecer melancólico. Lo que un día pasó inadvertido, al siguiente se convierte en el centro de la escena.

Al pintar no busco únicamente reproducir lo que está delante de mí. Intento expresar lo que ese paisaje despierta en mi interior.

A veces el resultado se parece poco a lo que imaginaba. Pero incluso entonces el proceso ha merecido la pena. Durante ese tiempo he estado concentrado, presente y en calma.

He dejado de pensar en asuntos que no podía resolver.

He permanecido frente a una forma, un color o una sombra.

En un mundo que nos obliga a hacer muchas cosas al mismo tiempo, pintar me recuerda el valor de dedicarme por completo a una sola.

La serenidad también nace de la atención.

La batalla de la sencillez

El ideal de una vida plena basada en la sencillez no es una utopía. Es una batalla ganada a quienes intentan convencernos de que valor es igual a precio.

Todo parece diseñado para producirnos insatisfacción. Siempre debe existir algo más nuevo, más grande, más rápido o más exclusivo que aquello que ya poseemos.

La publicidad rara vez nos dice: «Tienes suficiente».

Su mensaje es el contrario: «Te falta algo».

Y, si creemos ese mensaje, pasaremos la vida intentando llenar una carencia que nunca desaparece. Porque después de cada compra aparecerá un nuevo deseo y después de cada logro surgirá una nueva comparación.

La sencillez no consiste en vivir en la pobreza ni en rechazar todo lo agradable. No hay virtud en carecer de lo necesario, y el sufrimiento provocado por la falta de recursos no debe idealizarse.

El dinero es útil. Nos permite cubrir nuestras necesidades, proteger a la familia, cuidar la salud y vivir con dignidad. El problema no es poseer cosas, sino creer que nuestra identidad depende de ellas.

La sencillez consiste en saber cuándo es suficiente.

Y esa palabra, «suficiente», tiene una fuerza liberadora.

Cuando comprendemos que tenemos suficiente, dejamos de correr detrás de todo lo que otros han decidido que deberíamos desear.

Podemos disfrutar de una comida especial, pero también de un plato sencillo. Podemos agradecer una casa cómoda sin convertirla en una exhibición. Podemos utilizar la tecnología sin permitir que ocupe cada espacio de nuestra vida.

Vivir sencillamente es recuperar la libertad de elegir.

Es poseer algunas cosas sin que esas cosas nos posean.

No necesito otro lujo

No necesito otro lujo que vivir y encontrarme razonablemente sano.


Con los años, y especialmente después de haber atravesado momentos difíciles, se aprende a valorar lo que antes parecía ordinario.

Levantarse por la mañana.

Respirar.

Caminar, aunque no siempre sea con facilidad.

Leer unas páginas.

Sostener un pincel.

Conversar con alguien querido.

Contemplar el atardecer desde el campo.

Cuando la salud se quiebra, incluso las acciones más pequeñas recuperan su verdadera importancia. Comprendemos que muchas cosas que considerábamos normales eran, en realidad, privilegios.

No es necesario disfrutar de una salud perfecta para sentir gratitud. El cuerpo acumula años, cicatrices y limitaciones. Pero mientras podamos seguir sintiendo, pensando, amando y participando en la vida, todavía poseemos una riqueza extraordinaria.

Poder contentar el cuerpo es relativamente fácil. Podemos hacerlo con una comida lujosa o con otra más sencilla. El hambre desaparece y el placer termina.

Contentar el espíritu es algo más sutil.

El espíritu necesita afecto, sentido, belleza, serenidad, verdad y esperanza. Necesita sentir que nuestra vida no está completamente vacía ni dedicada solo a nosotros mismos.

Podemos comprar una cama muy cara, pero no el sueño tranquilo.

Podemos adquirir objetos, pero no recuerdos verdaderos.

Podemos pagar compañía, pero no amistad.

Podemos aparentar felicidad, pero no sentirla.

Las necesidades profundas del ser humano no siempre responden al dinero.

La riqueza de necesitar poco

Quien necesita demasiadas cosas para ser feliz vive permanentemente amenazado por la posibilidad de perderlas.

Si nuestra felicidad depende de una posición, una apariencia, una propiedad o la admiración de los demás, cualquier cambio puede derrumbarla.

En cambio, cuanto más sencilla es la fuente de nuestra alegría, más difícil resulta arrebatárnosla.

Un café tomado sin prisa.

Una conversación honesta.

Un libro que nos hace pensar.

Un rato pintando.

El sonido de la lluvia.

La presencia de los animales.

La luz sobre el campo.

Una tarde sin obligaciones.

El recuerdo de quienes amamos.

La satisfacción de haber ayudado a alguien.

Casi ninguna de estas cosas necesita una gran fortuna.

La felicidad sencilla no es pobre. Es una felicidad que ha aprendido a reconocer la abundancia escondida en lo cotidiano.

Vivimos rodeados de regalos que dejamos de ver porque estamos acostumbrados a ellos. No agradecemos el agua hasta que falta. No valoramos la salud hasta que se pierde. No comprendemos la importancia de una persona hasta que ya no está.

La gratitud consiste en aprender a mirar antes de perder.

No resuelve todos los problemas ni elimina el dolor. Pero cambia nuestra manera de habitar la vida.

Atrapar la eternidad

Lo sagrado es, por definición, permanente e inmanente.

No se encuentra únicamente en lugares lejanos ni en acontecimientos extraordinarios. A veces podemos atrapar la eternidad mirando un paisaje, leyendo un libro, pintando o permaneciendo tumbados en un valle, sin hacer nada más que sentirnos vivos.

Hay instantes en los que el tiempo parece detenerse.

No porque deje de pasar, sino porque dejamos de perseguirlo.

En esos momentos no necesitamos ser otra persona ni encontrarnos en otro lugar. No intentamos impresionar a nadie. No estamos pensando en lo siguiente.

Simplemente estamos.

Quizá esa sea una de las formas más puras de la oración: estar presentes ante la vida con humildad y agradecimiento.

Cuando contemplo el cielo desde el campo, especialmente en esas noches en las que las estrellas se ven con claridad, mis problemas no desaparecen, pero recuperan su verdadera dimensión.

El universo es inmenso y nuestra vida breve.

Pasamos demasiado tiempo preocupados por cosas que dentro de unos años habrán perdido toda importancia. Defendemos orgullos, alimentamos rencores y acumulamos objetos que algún día pertenecerán a otros.

Mientras tanto, dejamos escapar momentos irrepetibles.

Construir la felicidad desde dentro

Quien construye su felicidad desde dentro ha encontrado una parte esencial del sentido de la existencia.

Eso no significa que no necesitemos a los demás. Necesitamos amar, sentirnos amados, conversar, compartir y pertenecer. Pero una cosa es compartir nuestra felicidad y otra hacer responsables a los demás de proporcionárnosla.

Cuando dependemos por completo de la aprobación ajena, nuestra paz deja de pertenecernos.

Una crítica puede hundirnos.

Una ausencia puede vaciarnos.

Una opinión puede hacernos dudar de todo.

Construir la felicidad desde dentro significa crear un espacio interior al que regresar. Un lugar hecho de principios, recuerdos, fe, experiencias y afectos.

El campo, los libros, la pintura y las conversaciones con personas sencillas me ayudan a cuidar ese lugar.

No me protegen de todos los problemas. Tampoco eliminan las tristezas. Pero me permiten afrontarlas desde otra perspectiva.

Vivir bien no significa vivir sin dolor.

Significa que el dolor no tenga la última palabra.

Significa conservar la capacidad de disfrutar, de aprender, de agradecer y de seguir buscando sentido incluso en las etapas difíciles.

Entonces, ¿qué es vivir bien?

Después de todo, sigo haciéndome la misma pregunta:

¿Qué es vivir bien?

Tal vez vivir bien sea levantarse por la mañana sin sentir que nuestra vida nos resulta extraña.

Quizá sea disponer de tiempo para aquello que amamos.

Poder leer.

Poder pintar.

Poder escuchar.

Poder caminar por el campo y contemplar la naturaleza sin necesidad de poseerla.


Vivir bien puede consistir en conversar con una persona humilde y volver a casa sabiendo algo que ningún libro nos había enseñado.

Puede ser comer de manera sencilla, descansar con la conciencia tranquila y saber que no hemos necesitado humillar a nadie para sentirnos importantes.

Puede ser aceptar que no lo sabemos todo.

Seguir aprendiendo.

Pedir perdón cuando nos equivocamos.

Agradecer mientras todavía tenemos algo que agradecer.

Para mí, vivir bien no es vivir rodeado de lujos.

Es vivir rodeado de sentido.

Es disponer de un paisaje que mirar, un libro que leer, un lienzo sobre el que intentar expresar lo que siento y algunas personas verdaderas con las que poder hablar sin fingir.

Es escuchar el silencio de la obra de Dios y descubrir que, debajo de todo el ruido, todavía existe armonía.

Es saber que la sencillez no representa una derrota, sino una forma de libertad.

Es comprender que una persona puede no saber leer ni escribir y, sin embargo, enseñarnos algunas de las lecciones más importantes de nuestra vida.

Y es descubrir, finalmente, que quien construye su felicidad desde dentro, quien aprende a necesitar poco y a agradecer mucho, ha comenzado a comprender el verdadero sentido de la existencia.

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