Vivimos más que antes, pero ¿sabemos vivir mejor?

 

Una reflexión sobre el tiempo, la salud y el verdadero sentido de la vida.


Hay una pregunta que, de vez en cuando, se cruza en el camino de quienes vamos cumpliendo años:

¿Vivimos más que nuestros antepasados?

La respuesta parece sencilla. La medicina ha avanzado, conocemos mejor las enfermedades, tenemos hospitales, medicamentos y medios que hace apenas un siglo parecían imposibles. La vida humana ha ganado años.

Pero hay otra pregunta que me parece mucho más importante:

¿Qué hacemos con esos años que hemos ganado?

Porque vivir más no significa necesariamente vivir mejor. Y quizá, en nuestra obsesión por alargar la vida, estamos olvidando algo esencial: aprender a disfrutarla. 


El hombre que quiso aprender a vivir

Hace más de quinientos años, en la ciudad italiana de Padua, vivió un hombre llamado Luigi Cornaro.

A los treinta y cinco años tenía problemas de salud y un estilo de vida que le estaba pasando factura. Decidió cambiar sus hábitos, moderar su alimentación y prestar atención a aquello que su cuerpo necesitaba.

Según cuenta en sus escritos, consiguió llegar a una edad muy avanzada con buena salud.

Lo interesante de su historia no es solamente que viviera muchos años. Lo que llama la atención es cómo describía su vida cuando ya era anciano: montaba a caballo, subía escaleras, leía, escribía, conversaba y disfrutaba de sus nietos.

No hablaba de la vejez como una condena.

Hablaba de ella como una etapa que todavía podía estar llena de actividad, alegría y sentido.

Y eso me lleva a pensar que, quizá, la verdadera aspiración no debería ser simplemente vivir más, sino llegar a los años con la capacidad de seguir disfrutando de las cosas sencillas.

 

La confusión de los años

Cuando escuchamos que hace un siglo la esperanza de vida era mucho menor que la actual, podemos caer en un error.

Pensamos que nuestros abuelos y bisabuelos apenas llegaban a los treinta o cuarenta años.

No era exactamente así.

La esperanza de vida al nacer estaba muy condicionada por la mortalidad infantil, los problemas durante el parto, las enfermedades infecciosas y la falta de medios médicos. Muchos niños no llegaban a la edad adulta.

Eso hacía descender enormemente la media.

Quien conseguía superar la infancia y la juventud podía alcanzar edades bastante avanzadas. La historia está llena de hombres y mujeres que vivieron muchos años antes de que existieran los hospitales modernos, los antibióticos o las técnicas quirúrgicas actuales.

Demócrito, Platón, algunos pensadores de la Escuela de Salamanca y otras figuras históricas alcanzaron edades que nos recuerdan algo importante:

La longevidad no es un invento de nuestro tiempo.

Lo que sí ha cambiado profundamente son las condiciones en las que llegamos a la vejez.

Y ese cambio merece nuestra gratitud.

 

La medicina nos ha dado años. ¿Y nosotros qué hacemos con ellos?

No hay duda de que los avances médicos han salvado millones de vidas.

Las vacunas, los antibióticos, los tratamientos de las enfermedades cardiovasculares y tantos otros descubrimientos han permitido que muchas personas puedan seguir viviendo cuando, en otras épocas, habrían muerto.

Sería injusto no reconocerlo.

Pero una cosa es agradecer a la medicina sus beneficios y otra muy distinta pensar que puede resolverlo todo.

Podemos tener más conocimientos sobre el cuerpo y, sin embargo, vivir sometidos a una preocupación constante por nuestra salud.

Podemos disponer de más comodidades y sentirnos más cansados.

Podemos vivir rodeados de información y tener menos tiempo para pensar.

Y podemos alcanzar una edad avanzada sin haber aprendido a disfrutar de la compañía, de la naturaleza, de la lectura o de una conversación tranquila.

Tal vez el progreso no debería medirse únicamente por el número de años que conseguimos añadir a la vida, sino también por la calidad humana de esos años.

 

El secreto de una vida sencilla

En los últimos tiempos se habla mucho de alimentación saludable, ejercicio, descanso, revisiones médicas y bienestar.

Todo ello tiene su importancia.


Pero a veces tengo la impresión de que hemos convertido el cuidado de la salud en otra forma de preocupación.

Hay personas que viven pendientes del reloj, de las calorías, de las aplicaciones, de los resultados de sus análisis y de la última recomendación que aparece en internet.

Cuidarse es necesario.

Obsesionarse con cuidarse puede terminar convirtiendo la vida en una tarea agotadora.

Recuerdo que, en los relatos sobre la vida de algunos religiosos, aparece una existencia marcada por la moderación, los horarios, el trabajo, el descanso, la convivencia y el silencio.

No todos llevaban la misma vida, ni podemos atribuir su longevidad a una sola causa. Pero hay algo que merece ser pensado: una vida ordenada, con menos prisas y un propósito que vaya más allá de uno mismo, puede tener un valor que no aparece en ninguna aplicación del teléfono.

La serenidad no se compra.

La compañía tampoco.

Y la paz interior no siempre llega después de conseguir aquello que creíamos necesitar.

 

El tiempo que se nos escapa

A veces me pregunto si vivimos demasiado deprisa.

Tenemos más medios para comunicarnos, pero no siempre encontramos tiempo para hablar.

Tenemos más formas de entretenernos, pero nos cuesta permanecer unos minutos en silencio.

Tenemos más posibilidades de viajar, pero no siempre sabemos mirar el paisaje que tenemos delante.

Y tenemos más años por delante, pero podemos llegar al final con la sensación de que se nos ha escapado la vida.

Quizá el problema no esté en que vivamos demasiado, sino en que muchas veces vivimos distraídos.

Distraídos por las preocupaciones.

Por las ambiciones.

Por el deseo de tener siempre algo más.

Por esa costumbre de aplazar la felicidad hasta que llegue el momento adecuado.

Pero el momento adecuado, muchas veces, es el que ya tenemos.

Una comida compartida.

Un paseo.

Un libro.

La risa de un nieto.

Una conversación con la persona que queremos.

La satisfacción de ayudar a alguien que lo necesita.

Son cosas que no suelen aparecer en las estadísticas sobre longevidad. Sin embargo, forman parte de lo que hace que una vida merezca la pena.

 

No se trata de vivir eternamente

Desde que el ser humano existe, ha soñado con vencer a la muerte.

Es comprensible. Queremos seguir aquí, acompañar a los nuestros, ver crecer a nuestros hijos y nietos, disfrutar de lo que todavía nos queda por conocer.

Pero quizá debamos aceptar que la vida tiene un límite.

Y que aceptar ese límite no significa vivir con tristeza.

Al contrario.

Cuando comprendemos que el tiempo no es infinito, aprendemos a darle más valor.

Una tarde que antes parecía insignificante adquiere otro significado.

Una conversación que habíamos dejado para otro día se vuelve importante.

Una reconciliación deja de parecer una cuestión menor.

Y comprendemos que no necesitamos una vida interminable para vivir una vida plena.

Necesitamos aprender a estar presentes en la vida que tenemos.

 

¿Qué significa, entonces, vivir bien?

No tengo una fórmula.

Ni creo que exista una que sirva para todos.

Cada persona tiene sus circunstancias, sus enfermedades, sus preocupaciones y sus sueños.

Pero sí creo que hay algunas cosas que ayudan a vivir mejor:

Cuidar el cuerpo sin convertirlo en una obsesión.

Alimentarnos con moderación.

Mantenernos activos dentro de nuestras posibilidades.

Buscar la compañía de personas que nos aporten cariño y confianza.

Leer, aprender y conservar la curiosidad.

Disfrutar de la naturaleza y de las cosas sencillas.

No dejar que la ambición nos robe todo el tiempo.

Y, sobre todo, procurar que nuestra vida tenga un sentido que no termine en nosotros mismos.

Porque quizá una de las mayores riquezas que podemos alcanzar con los años sea descubrir que todavía tenemos algo que ofrecer.

Una palabra.

Una experiencia.

Una ayuda.

Una sonrisa.

Un poco de tiempo para quien se siente solo.

 

La verdadera riqueza de cumplir años

Cuando era más joven, probablemente pensaba que lo importante era llegar lejos.

Conseguir cosas.

Superar obstáculos.

Alcanzar objetivos.

Con el paso del tiempo, uno empieza a mirar la vida de otra manera.

Descubre que hay conquistas que pierden importancia y pequeños momentos que se vuelven inmensamente valiosos.

La salud, cuando falta.

La compañía, cuando se necesita.

La tranquilidad, cuando la vida se complica.

La familia, cuando comprendemos que los años pasan y que los niños que vimos crecer empiezan a caminar sus propios caminos.

Y entonces uno se da cuenta de que la vida no consiste solamente en acumular años.

Consiste en llenar esos años de humanidad.

 

Una última reflexión

Vivimos más que antes. Eso es una realidad que debemos valorar.

Pero vivir más no garantiza vivir mejor.

La longevidad puede ser un regalo cuando nos permite seguir amando, aprendiendo, ayudando y disfrutando de la vida.

También puede convertirse en una sucesión de días vacíos si olvidamos para qué queremos vivir.

Por eso, cuando pienso en el futuro, no me preocupa únicamente cuántos años nos quedan.

Me preocupa algo más sencillo y más profundo:

¿Seremos capaces de seguir encontrando motivos para levantarnos cada mañana?

¿Sabremos disfrutar de una conversación sin mirar el teléfono?

¿Tendremos tiempo para quienes nos necesitan?

¿Seremos capaces de vivir con menos prisas y más gratitud?

Quizá el verdadero secreto de la longevidad no esté solamente en añadir años a la vida.

Quizá esté en añadir vida a los años.

Y eso, afortunadamente, es algo que todavía podemos aprender.


Manuel Barea

Reflexiones en el laberinto


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