jueves, 9 de julio de 2026

El laberinto de la resiliencia: ¿Por qué los nacidos en los 60 y 70 aguantan carros y carretas?





A veces me asomo a la ventana del laberinto y me pongo a observar cómo cambian las épocas. Si naciste entre los años 60 y 70, probablemente formes parte de esa última generación que sabe lo que es pasar una tarde entera fuera de casa con una sola instrucción materna grabada a fuego: "Vuelve cuando se enciendan las farolas".

Hoy en día, la psicología mira hacia atrás con fascinación. Diversos expertos analizan cómo aquella infancia —marcada por una libertad que hoy rozaría la negligencia y una disciplina que no admitía réplica— forjó en los adultos de mediana edad una capacidad de adaptación y una resiliencia únicas.

¿Fue una estrategia educativa fríamente calculada? Para nada. Fue, simplemente, pura supervivencia en una realidad exigente.

La paradoja de la autonomía: Criarse "a la intemperie"
Estudios como “Resiliencia en niños y jóvenes: una revisión” demuestran algo que la psicología conductual sostiene desde hace tiempo: la verdadera fortaleza no se aprende en los libros, se inocula enfrentando desafíos reales.

En los 60 y 70, el contexto social obligó a los niños a espabilar:

Padres ausentes por necesidad: Las madres se incorporaban masivamente al mercado laboral, las tasas de divorcio subían y los recursos de conciliación eran casi un mito. ¿El resultado? Una cantidad ingente de tiempo libre sin supervisión adulta.
Cero pantallas, cien por cien ingenio: Sin móviles, sin internet y con una televisión que cerraba la emisión por la noche con la sintonía del "¡Vamos a la cama!", el aburrimiento era el motor de la creatividad.
Un ejemplo de manual: Piensa en el clásico partido de fútbol en la calle o la plaza del barrio. Si el balón se colaba en el jardín del vecino cascarrabias, ningún padre iba a rescatarlo ni a poner una reclamación al ayuntamiento. Los niños de entonces tenían que negociar con el "monstruo" de la casa de la esquina, pactar entre ellos quién pedía perdón o, en su defecto, idear un plan de rescate digno de Misión Imposible.


Aquello no era desatención; era, sin saberlo, una técnica de inoculación al estrés. Al enfrentarse de forma autónoma a pequeños conflictos (perder el autobús, curarse una rodilla raspada con un poco de saliva o gestionar el rechazo del grupo de los mayores), esos niños entrenaban su tolerancia a la frustración.

Lo que nos dicen los datos (sin perder el norte)
Para los que buscan el rigor científico tras la nostalgia, el sociólogo estadounidense Glen H. Elder analizó estudios longitudinales históricos como el Berkeley Guidance Study y el Oakland Growth Study. Sus conclusiones son reveladoras: las dificultades económicas y la exigencia ambiental en la infancia no de
struyen por sistema.

Si el entorno familiar de base era estable, asumir responsabilidades tempranas (ayudar en casa, cuidar de los hermanos menores o buscarse la vida para entretenerse) no generaba traumas, sino adultos con un alto sentido de la competencia y control sobre sus vidas.

Claro que no todo era de color de rosa. La salud emocional en aquella época importaba más bien poco. Nadie te preguntaba "¿cómo te hace sentir que hayamos cambiado de colegio?". Te aguantabas y madurabas a golpes de realidad. No se buscaba crear niños resilientes; la resiliencia fue el efecto secundario de un entorno que no te lo daba todo masticado.



El contraste con el presente: La burbuja hipercontrolada
Si saltamos al laberinto del siglo XXI, el panorama es radicalmente opuesto. Hoy los menores crecen entre algodones y bajo la mirada de "padres helicóptero" que sobrevuelan sus vidas listos para intervenir al menor atisbo de contrariedad.

Antes: Si suspendías, el problema lo tenías tú con tus padres.
Ahora: Si el niño suspende, el problema lo tienen los padres con el profesor de matemáticas.
Esta sobreprotección nace del amor más absoluto, pero tiene una contrapartida peligrosa. Al evitarles cualquier caída, les estamos privando de la oportunidad de aprender a levantarse. Por eso, los educadores y psicólogos actuales ven con preocupación cómo a las nuevas generaciones les cuesta tanto encajar un "no", respetar la autoridad o gestionar un fracaso amoroso o laboral sin desmoronarse.

Una reflexión final
No se trata de romantizar el pasado ni de volver a dejar a los niños de siete años vagando por las calles hasta el anochecer. Pero quizás, en este laberinto moderno de la hiperpaternidad y el control absoluto, convenga recordar que proteger demasiado es, a veces, desproteger.

A lo mejor, dejar que nuestros jóvenes se aburran un poco, que resuelvan sus propios dramas en el patio y que descubran que el mundo no se acaba por un "no", sea el mejor favor que podemos hacerles. Al fin y al cabo, la resiliencia no es un superpoder con el que se nace; es el callo que te sale en el alma tras haber tropezado unas cuantas veces y haber aprendido a reírte de la caída.

Y tú, ¿de qué generación eres? ¿Creciste con la llave de casa colgada al cuello o perteneces a la era del grupo de WhatsApp de padres? Cuéntamelo en los comentarios.






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